El cuarzo tiene una profunda afinidad con el ser humano, ya que las sustancias cristalinas están presentes en todo nuestro organismo: huesos, sangre, piel, dientes… incluso en la estructura de nuestro ADN, cuya doble espiral es muy similar a la del cristal de cuarzo.
   En cada célula hay moléculas de sÃlice (cuarzo), presentes también en la estructura cristalo-coloidal lÃquida del cerebro. Por esta razón, resonamos de manera natural con los cristales.
   Las ondas electromagnéticas que emiten los cuencos de cuarzo ayudan a elevar la frecuencia vibratoria, favoreciendo el equilibrio y la expansión de la conciencia.
   El cuarzo es un conductor capaz de transformar, absorber, amplificar y transmitir energÃa, actuando como un canal puro de vibración. Los cristales nos recuerdan la solidez y el orden natural de la vida. Su función principal es estructurar y equilibrar, y por eso favorecen la sanación. Su compleja red de circuitos de sÃlice permite que la energÃa fluya y se almacena como información, acompañándonos en procesos de armonización fÃsica, emocional y espiritual.